Madrugué, pero Dios no vino a ayudarme...
O quizás si vino a ayudarme, en forma de sonrisa y buenos días de las personas con las que me crucé.
Y, también, puso este maravilloso y anaranjado amanecer ante mis ojos.
Madrugar siempre es una sana costumbre, te ayude el que te ayude...
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